Desde el análisis de las ideas centrales de la economía, Mercedes D’Alessandro cuestiona los estereotipos y las relaciones sociales que mantenemos sin darnos cuenta, aun cuando consideramos que vivimos en un mundo igualitario.

 

Si miramos hacia atrás, unos cuantos siglos, algunas décadas y por qué no unos pocos años, seguramente podemos decir que en el área de igualdad de género hemos avanzado y mucho. Pero paradas en nuestro presente, y observando más allá de nuestro propio círculo, nos encontramos con que todavía quedan muchas cosas por hacer y derechos por adquirir. Mercedes D’Alessandro, economista y autora del libro Economía Feminista cómo construir una sociedad igualitaria sin perder el glamour (Editorial Sudamericana), así lo expresa: “Yo creo que ganamos muchos derechos, pero hay cuestiones culturales que no se terminan de instaurar. Por ejemplo, en los años sesenta solamente dos de cada diez mujeres trabajaba fuera del hogar, tenía una profesión o una carrera y el resto era ama de casa, entonces la estructura era el papá como macho proveedor que trae el pan y la mujer en la casa cocinando y limpiando. Este era un modelo familiar que funcionaba. Pero hoy son 7 de cada 10 las mujeres que trabajan fuera del hogar, ese rol de ama de casa no es el mayoritario, sin embargo cuando uno mira quién hace las tareas hogareñas siguen siendo las mujeres. Los varones hoy ayudan porque ponen la mesa, hacen las compras o sacan la basura, pero lo viven como que están colaborando con algo que le toca a la mujer”.

Si bien la estructura familiar cambió, “el mercado donde trabajamos, las instituciones e incluso las leyes del Estado siguen considerando a la familia tipo de los 60. Entonces, por más que en tu cabeza seas una mujer profesional, libre, moderna, contemporánea, que se siente igual al hombre: no tenés los mismos derechos ni oportunidades, y eso es porque todavía no actualizamos un montón de regulaciones de las que ya nos liberamos”, afirma D’Alessandro.

Su mirada sobre el rol de las mujeres en la economía comenzó a manifestarse en su blog Economía Feminista (http://economiafeminita.com), que realiza con otras colegas, desde 2015 cuando en Argentina aparece una nueva conciencia social sobre la violencia de género al visualizarse con la marcha Ni una Menos y con estadísticas de casos reales. “Lo económico es muy importante para entender no sólo la violencia de género, sino la desigualdad en general de la economía que se manifiesta ahí. Para mí, de alguna manera, la economía feminista viene a proponer una discusión que trasciende la cuestión de la violencia. Yo creo que eso es muy importante, pero es sólo una de las formas visibles que se sustenta sobre otras que no lo son tanto. Ahí aparecen todas estas cuestiones económicas que no son tan fáciles de ver y que pasan porque las mujeres ganamos menos que los varones, tenemos mayores niveles de pobreza, trabajos más precarios, nos hacemos cargo de todas las compras del hogar y de la planificación de la semana (qué comemos, dónde se compra, cómo), lo que nos quita un montón de tiempo. Y todo eso repercute en desigualdades entre varones y mujeres que después también se expresa en estas desigualdades del trato que tienen que ver con las relaciones machistas, de dominación”, explica la autora.

Cambiar el chip

En la película Pasante de Moda, protagonizada por Anne Hathaway (Jules) y Robert De Niro (Ben), se reflejan muy bien las dificultades con las que se encuentran las mujeres al trabajar tiempo completo siendo mamá y la lucha a la que se enfrentan cuando quieren emprender un negocio y ocupar cargos jerárquicos. En el film, el esposo de Jules deja su importante trabajo para quedarse en la casa a cuidar a su hija y así su mujer puede ser la empresaria que soñó y crecer en su profesión. Sin embargo, en la realidad estas situaciones muy pocas veces ocurren y cuando pasan aparecen los prejuicios: “¿Cuantos hombres hay así? ¿Cuántos renuncian a su carrera o tienen un trabajo inferior para darle espacio a la mujer?”, se pregunta Mercedes D’Alessandro y asegura que “lo peor es que se los va a juzgar como vividores o pollerudos. En cambio una mujer que renuncia a todo porque su hombre es exitoso y ella se queda en la casa limpiando, cuidando a los hijos, ordenando, es el ideal de mujer”.

La brecha salarial en el trabajo, las oportunidades de ascenso, los espacios jerárquicos son obstáculos que aun frenan el desarrollo y la igualdad de género. “La posibilidad de ser mamás ya hace que seamos un trabajador más caro en términos relativos porque cuando nos embaracemos tendremos una licencia de tres meses o más, algo que el varón no tiene. Si bien el hijo es de los dos, la que tiene el costo de la maternidad asociada es la mujer. A su vez, creo que cuesta ver todavía esto de que cuando hablamos de desigualdad en lo económico las mujeres piensan que ganan lo mismo o que llegaron a los mismos puestos, pero no se dan cuenta de que son una en miles. El ver que no estamos en ese lugar que pensamos que estamos nos hace sentir mal”, argumenta la autora de Economía Feminista.

Cortemos con los estereotipos

En Argentina el 76% de las tareas domésticas no remuneradas recae sobre las mujeres. Más del 92% de las trabajadoras domésticas son mujeres y 8 de cada 10 maestras también lo son. Los trabajos considerados de mujeres son: empleada doméstica, maestra y enfermera, mientras que sólo el 4% de las empresas más grandes del mundo tiene una CEO. Esto alimenta los estereotipos de que las mujeres nacieron para enseñar y los varones para construir o que las chicas vienen con una escoba bajo el brazo y los varones con un taladro. “No seamos presas de esos estereotipos. Una puede luchar por la igualdad sin necesidad de convertirse en el otro, sino manteniéndose como alguien diferente. Lo que se trata es de mejorar o nivelar el piso de oportunidades que tenemos”, asegura la economista para quien “el paradigma ya cambió: más del 42% de la fuerza de trabajo son mujeres, trabajamos masivamente, ocupamos un montón de puestos y lugares de decisión en distintos sectores. Pero lo que falta es alcanzar las regulaciones sociales que le den paso a esa transformación y construir un rol de liderazgo femenino”.

En este sentido, concluye que “lo importante es que sintamos que podemos realmente elegir el lugar en donde estamos, ya sea como profesionales o amas de casa. Y detectar los obstáculos que hay en cada campo y pensar más allá de la experiencia personal para entender los fenómenos sociales que son importantes. Mirar a nuestro alrededor cuáles son las desigualdades o los conflictos que enfrentamos y ver por qué suceden y qué podemos hacer al respecto. Y segundo poder ir un poquito más allá, entender que las mujeres enfrentamos desigualdades en distintos planos y que tenemos una historia muy corta de derechos y de participación política. Si queremos apostar a un cambio, está bueno que estemos despiertas”.

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