¿Cuántas veces comemos sin hambre, por impulsos y perdiendo el control de las cantidades?  Si nos tomamos unos minutos para escuchar nuestro cuerpo, podremos cambiar esos hábitos y estar más atentas a las necesidades reales, dando más importancia a todo lo que hay alrededor de la comida.

 

La comida tiene un lugar importante en nuestras vidas, no hay reunión en la que no esté presente y quién no tiene sus platos preferidos, sus antojos a media tarde o para acompañar el café.

Comemos por muchas razones. La primera es biológica: para nutrirnos y tener energía. Aunque también por causas psicológicas y culturales, por costumbre, para provocarnos placer, para desestresarnos, para recordar, para olvidar, para ligarnos con momentos de la infancia o por ansiedad, por ejemplo. Pero todo esto lo hacemos de manera inconsciente, en piloto automático.

“Lo lógico sería aprender a relacionarnos con la comida de una forma más amigable. Las prohibiciones generan descontroles y atracones. Podemos comer chocolates o helados, pero debemos aprender a comerlos de forma mucho más despierta, más consciente”, dice el Dr. Juan Martín, médico especialista en Nutrición y creador del programa Comer Despierto. Esto significa prestar atención no sólo a qué vamos a comer, sino también al por qué vamos a comer (tenemos hambre, es la hora, estamos tristes o aburridas), cuánto comemos y cómo es nuestra forma de comer (sentados, en un ambiente tranquilo, al paso, mientras hacemos otras cosas).

El especialista habla de tener “un vínculo con la comida más armónico porque lo que nos está pasando es la dieta YO-YO: bajar de peso en el verano, engordar en el invierno y estas variaciones son muy perjudiciales para el cuerpo. Al hacer dieta estamos comprando un pasaporte al fracaso. Si bien disminuyendo la cantidad de calorías consumidas durante un tiempo, con mucha voluntad, uno baja de peso sin problema, lo que los estudios muestran es que más del 95% de las personas que adelgazaron a los cinco años vuelven a recuperar o superan el peso inicial. Es el efecto rebote”.

Atención plena

Si sabemos escuchar nuestro cuerpo, podremos alimentarlo de una manera más consciente, teniendo en cuenta los momentos de hambre y saciedad. “La mayoría de las veces se come por causas emocionales (angustias, tristeza, ansiedad), pero tenemos que saber que no nos alimentamos sólo con comida, sino también con pensamientos, emociones, relaciones, con la información que nos da la televisión. La tristeza y sentimientos desencontrados no se pueden saciar con comida. Es importante preguntarnos por qué estamos comiendo”, dice el nutricionista.

Lo recomendable es ingerir algo cada tres o cuatro horas para evitar los atracones cuando nos ataca el hambre. También debemos comprender que el cuerpo, en su sabiduría, nos indica cuándo debemos comer. Si no tenemos hambre, no deberíamos hacerlo. Así, lo ideal es correr el eje de la comida y poder encontrar el placer en otros lugares.

Comer despiertos

Se trata de un estilo de vida, cambios de hábitos. “El siglo XXI es la era de la velocidad, la ansiedad y la insatisfacción. Lo que proponemos es poder detenernos, tomarnos al menos cinco o diez minutos todos los días para observar nuestro interior: darnos cuenta que lo que pensamos y lo que nos decimos a nosotros mismos nos hace sentir de una manera determinada, y que este sentir dirige nuestras acciones. ¿Voy a comer esta galletita porque tengo hambre o porque me he acostumbrado a comer galletitas cuando las veo? Poder reconocer por qué estamos comiendo. Para muchas personas, la razón fundamental del desequilibrio con la comida se debe a que han olvidado cómo estar presentes cuando comen. Hay que tener en cuenta que la sensación de saciedad no es un reflejo inmediato, aparece veinte minutos después de que empezamos a comer”, explica Romano.

No se trata de no comer, sino de hacerlo prestando atención y siguiendo algunas pautas como:

– Tener en cuenta el contexto,
– Comer despacio,
– Saborear,
– Disfrutar del alimento.

“Estamos expuestos a demasiada oferta de comida y de alimentos, diseñados para que sean hiperexquisitos, con una combinación de sal, azúcar y grasa que hace que nos parezcan irresistibles. Los alimentos están y los vamos a consumir a todos. Está bien comer snacks, pero en ese momento debemos estar el doble de despiertos y tener un plan: comer menos cantidades, más despacio, disfrutarlo, saborearlo”. De esta forma, no se trata de privarnos de lo que nos gusta, sino de lograr una alimentación y una vida más equilibrada.

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