Algunos platos hechos en casa tienen ese “no sé qué” que te llenan de emociones y recuerdos. Exploramos las razones de este fenómeno y reivindicamos la importancia de la cocina hecha con amor.

 

Un simple plato de pastas caseras nos puede remitir automáticamente a nuestra infancia y dejarnos por varios minutos inmersas en una cantidad de recuerdos y sensaciones que van mucho más allá del acto concreto de cocinar. De repente, nos encontramos entrando corriendo a la cocina de la abuela que nos sienta sobre la mesada y destapa esa olla humeante en la que una salsa bien roja no deja dudas de la frescura de sus tomates. Entonces, no dudamos ni un segundo en sumergir un pancito, ante la mirada cómplice de la nona, y saborear esta combinación que nos parece tan deliciosa como sus cuentos. Lo mismo sucede, por ejemplo, con los aromas de una carne al horno, esos que nos permiten ver nuevamente a mamá condimentarla con todo tipo de especias para darle su toque personal. O con los de aquel flan que sólo la tía sabía la receta para lograr el sabor justo entre vainilla y caramelo.

Mucho más que una pasta

Pero no sólo se vienen a nuestra memoria aromas y sabores, también momentos, personas, frases… emociones. “Uno de los secretos de la comida casera es que el placer es doble: al estar frente a un plato como el de nuestra niñez, gozamos por los placeres del gusto y una panza llena y nos invade un instante de feliz nostalgia”, asegura Juan Pablo Lugo, Coordinador de pastelería del Instituto Argentino de Gastronomía (IAG), y agrega que “el aroma a una comida como la que hacía nuestra madre nos dispara inmediatamente el recuerdo de la mesa familiar, del placer por esa comida, por la compañía de nuestros seres queridos y por nuestra infancia”.

En su libro La cocina de la abuela: cocina tradicional y energética para vivir con salud y armonía, la española Montse Bradford, escritora y experta en alimentación natural y energética, comparte recetas simples de estofados y caldos caseros, guisos, verduras y hortalizas frescas. Resalta que el amor, la dedicación y el tiempo en su preparación “es el mejor regalo para nuestra salud y la de toda la familia, una comida sana y nutritiva a todos los niveles, tanto físico como emocional y mental”.

Del olfato al cerebro

Si bien percibimos la comida con todos los sentidos, los sabores son únicamente resaltados a través del gusto y el olfato. Y, principalmente, los olores son los que nos hacen viajar hacia el pasado y revivir emociones relacionadas con nuestros recuerdos.

“La cultura occidental ha colocado a la visión como sentido hegemónico para la percepción del mundo, pero el aroma de un guisito que se cuela por una ventana tiene el poder de arrastrarnos por la calle hasta nuestra infancia, y es que el olfato es el sentido más desarrollado con el que batallamos desde la salida del útero materno y está ligado a nuestro cerebro medio o emocional, aquel que procesa nuestras emociones y sentimientos”, explica la Licenciada en Antropología de la Universidad Nacional de La Plata, Ana Marchetti. Esto es así porque “mientras todos los sentidos recorren el cuerpo a través de las neuronas y la espina dorsal hasta llegar al cerebro, el estímulo olfativo es el único que accede directamente a él y la respuesta olfatoria es inmediata; es decir que el sistema nervioso central está expuesto a los estímulos externos que recibe el olfato”, dice.

Legado cultural

Los nutricionistas suelen decir que somos lo que comemos, pero también esta frase tiene sentido desde lo social, porque la comida, sobre todo la de nuestra infancia con las recetas de mamá o la abuela, “es un legado de la cultura culinaria familiar que queremos salvar del olvido porque es parte de nuestra identidad”, afirma Marchetti. Los sabores se transmiten de generación en generación y se comparten socialmente. Para la antropóloga: “La comida nos constituye, es otro lenguaje humano, material y sobre todo simbólico. Participar de una comida, siempre es un acto social, que nos une con miembros de una colectividad que comparte nuestro “lenguaje”. Invitar a comer a un “extraño” implica compartir cierta intimidad”.

En este sentido, “la comida de nuestra casa es la que ha formado nuestro gusto y, por ende, siempre tendremos una debilidad por ella más allá de los gustos que vayamos adquiriendo con el paso del tiempo y de la verdadera habilidad de nuestras madres para cocinar”, asegura Lugo. Por eso, regalémonos unos minutos, cerremos los ojos y hagamos ese viaje a nuestra infancia para dejarnos llevar por el recuerdo del aroma a aquella comida que tanto nos gustaba.

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