Es sabido que se educa con el ejemplo, pero, cuando no es posible sostener lo que se dice con lo que se hace, los padres se sienten observados y cuestionados. Se preguntan por qué reciben ese trato sin saber que lo que están haciendo es repetir un código aprendido que también heredarán sus niños si antes no hacen el esfuerzo de eliminarlo.

 

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi culpa”, suelen dramatizar muchos padres cuando sus hijos no cumplen con los objetivos esperados. “¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?”. Sin embargo, la licenciada en Psicología Norma Di Lorenzo trae la calma a estos padres culpógenos para decirles que antes que culparse o culpar a sus hijos deben observarse a sí mismos y corregir el desequilibrio entre la mente y el corazón: “Hay que observar qué es lo que pasa en el cerebro mismo entre la parte racional, que es la que genera los pensamientos, y la parte emocional, que es la que registra lo que viene del cuerpo”.

Se trata de aprender a despojarnos de nuestro código aprendido, que conservamos generación tras generación, para hacernos cargo de un código propio para que todo empiece a cambiar. Cuando esto no ocurre, son los propios hijos quienes dan señales de alerta con sus cuestionamientos, indiferencia, mal comportamiento, sufrimiento o actitudes agresivas. “Cuanto más se cierren los papás considerando que el problema está en sus hijos, que les tocaron desobedientes, y no vean que en cada hijo hay un maestro, el sufrimiento es eterno”, dice Di Lorenzo y así lo afirma en su libro Hijos Maestros (Ed. Distal), donde habla de la importancia de la coherencia y de poder descubrir qué ven esos ojos, los de los hijos, que los padres no ven. “El desequilibrio o incoherencia tienen que ver con que lo que surge de ese papá o esa mamá, por más buena intención que tengan, puede ser percibido como algo totalmente diferente en el cerebro del chico. Lo que recibe es que eso que le dicen, por el tono, el gesto, la velocidad, el momento o la mirada, no es así y allí comienzan las dificultades”, explica.

Resetear el cerebro

Todos tenemos un código aprendido, “es como un código de barras, una información exacta y precisa que absorbemos entre los 4 y 10 años cuando los padres están en desequilibrio entre la mente y el corazón. No tiene que ver con la culpa, sino con lo que se va transmitiendo generación tras generación. Ese código es el que va reseteando al cerebro para que actuemos de una manera y cuando eso predomina la vida está llena de dificultades”, dice la también autora de Un viaje a ojos cerrados (Ed. Distal), libro en el que plasmó los conceptos de este nuevo paradigma, como así lo define, en el que la mirada no está puesta en el qué, sino en el cómo.

La psicóloga resalta la importancia de entender que “cuando el chico percibe cualquier señal, por más mínima que sea, es eso lo que se guarda. Los papás no saben y los hijos tampoco. Vivimos con eso, pero es lo que nos va a traer problemas en la niñez, dependiendo de la cantidad de código aprendido y de patrones que estén archivados en ese cerebro. Esto también se manifiesta durante la adolescencia y más va a sufrirse cuando estemos en pareja porque es allí cuando la vida nos da la última oportunidad de descargar todo ese código que está archivado. Por eso es tan difícil tener una pareja, conservarla o, si nos separamos, no repetir lo mismo en las otras”, explica.

No todo va a la papelera. El código aprendido puede ser saludable y transformarse en recursos positivos para que el chico aprenda. “Surge de un equilibrio y lleva a un equilibrio. Cuando tenés más código aprendido saludable, en general no tenés problemas para relacionarte con las personas ni con las parejas ni con los hijos, tampoco con la vocación o el trabajo. Es como fluir natural y espontáneamente” indica la licenciada Di Lorenzo, aunque aclara que “en general no sucede eso y se nota en las interrelaciones y en la relación con uno mismo por los miedos o las inseguridades”.

Activar la brújula

Activar la brújulaLiberarse del código aprendido no es tarea fácil, pero tampoco imposible. Tiene que ver, dice la profesional, “con activar lo que yo llamo la brújula que está ubicada en la boca del estómago y que es donde nosotros recibimos al cerebro emocional. Cuando la medimos nos damos cuenta de que en la mayoría de las personas no está funcionando bien por ese peso de esos archivos heredados y porque hay un desequilibrio entre el cuerpo y la mente. Cuando no funciona bien, las decisiones que tomamos no son las correctas. Al resetear y desactivar, la dejamos en buen estado como para que inspire nuestras acciones, palabras, nuestra manera de movernos en el mundo”. Cuando uno cambia, todo cambia, y así los resultados serán:

  • Sentir un entusiasmo genuino,
  • Recuperar la confianza,- Tener ganas de hacer lo que hacemos,
  • Estar contentos de ser como somos,
  • Vivir la vida.

“Hay algo que viene desde las entrañas que te dice: decile a esto que no, decile a esto que sí. Y ahí se va construyendo el sentirnos bien con nosotros mismos”, asegura Norma Di Lorenzo y, además, “cuando empezás a desarrollar el código propio, naturalmente empezás a aliviar a tus hijos o a tu pareja. Te das cuenta de que funciona porque cambia el ambiente en la casa y porque vas obteniendo mejores resultados. A partir de esto la gente comienza a hacer cosas que antes no se hubiese animado, como iniciar una carrera, viajar o emprender. Desde la acción y lo concreto van consiguiendo lo que querían”.

En la práctica

Cambiar el chip y pasar de un código aprendido a uno propio significa ir hacia atrás en búsqueda de aquello que nos paraliza o nos hace actuar siempre de la misma manera ante diferentes situaciones. Pero no a través de la palabra, como en el psicoanálisis, sino indagando en el cerebro emocional que es donde no hay posibilidad de manipulación o control. La técnica que creó Di Lorenzo, tras varios años de investigación teórica y casos de estudio reales, se llama Psicoterapia del Código Propio y consiste en ocho sesiones, de una hora y media cada una, donde el terapeuta prácticamente no interviene y no se trabaja sobre un tema en particular, sino en el todo: desde los miedos, temas de pareja, los síntomas, entre otros. También se limpian las raíces del código aprendido. Es recomendable a partir de los 13 años y, en el caso de problemas con los hijos, se aconseja que lo realicen primero los padres.

Con los ojos cerrados. “Solamente entrás en el cerebro emocional cuando cerrás los ojos, habitás el cuerpo por dentro y en presencia de imágenes que no pueden ser controladas con la mente. A veces lo que sucede es que, como efecto de ese código aprendido, estamos bloqueados a conectar con las emociones, con el cuerpo. Tratamos de compensar con la mente y ahí vienen las dificultades”, dice. Es por eso que además se utilizan aparatos de medición para evaluar cómo la persona se conecta con las emociones, la capacidad de relajación, la tensión muscular, la temperatura de las manos.

Chau culpa

“Si como papá no sanaste tu código aprendido, no dejaste de ser hijo, vas a tener en tus hijos a los maestros más severos que la vida te puede poner. Ellos son los que hacen las verdaderas preguntas. Los adultos tendemos a dar respuestas que surgen de nuestra racionalidad y es difícil que digamos lo que ellos están necesitando escuchar. En nuestro afán de ayudarlos o comprenderlos, a veces terminamos ejerciendo nuestra autoridad para que hagan lo que queremos que hagan. Entonces lo que decimos les entra por un oído y les sale por el otro. Empiezan a no creernos y nosotros a frustrarnos o volvernos intolerantes”, afirma la autora de Hijos Maestros. Los papás que no tienen la capacidad de darse cuenta de esto van a “tener en algún momento de sus vidas a los más grandes maestros que todo el tiempo les van a poner el dedo en la llaga porque les hacen saltar la térmica a sus padres o porque en algún momento les va mal. Si hay código aprendido, sin dudas te va a producir una dificultad”, concluye. Por eso, debemos animarnos a revisar, rever y resetearnos.

* Podés contactar a la licenciada Norma Di Lorenzo en: www.codigopropio.com / normadi@codigopropio.com

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