Con esfuerzo, dedicación y constancia podemos lograr cambiar esos hábitos que tanto nos preocupan para mejorar nuestra calidad de vida sin tentarnos con soluciones mágicas que nos mantienen siempre en el mismo lugar.

 

Empezás una dieta, la dejás, seguís con otra y te frustrás porque no funcionó y así vas por la vida con tu vianda, evitando cruzarte con esas comidas que tanto te gustan por miedo a que se conviertan en el peor enemigo cuando enfrentás la balanza. ¿Quién no pasó por esto? ¿Y si en vez de privarnos, aprendemos a comer bien? De eso se trata la reeducación alimentaria, “reordenarnos, planificar para saber qué es lo que tenemos que hacer para incorporar esos reglas que tanto nos cuestan”, dice Laura Vannelli, Reeducadora Alimentaria, que se define como un “coach nutricional, el eslabón entre médico y paciente o entre nutricionista y paciente”.

Según la especialista, “todos necesitamos una reeducación alimentaria, desde que nacemos”. ¿Cómo nos reeducamos?: tomando conciencia y buscando información, tratando de que sea coherente, consultando a nuestro médico de confianza.

“Es como volver a la fuente, al inicio, tener los cuidados para realizar las preparaciones, tomar conciencia de lo que comemos”, cuenta Vannelli. Para ello, en las dos horas y media que dura la sesión, enseña a sus pacientes a leer las etiquetas, organizar su alacena, a que no los agarre de improviso el momento de la comida y caigan en productos poco saludables. “Les doy una planificación y un orden sobre qué es lo que tienen que hacer para no desistir en el intento de cambio de hábitos, que no es lo mismo que hacer una dieta. Luego me comunico con ellos, les pregunto cómo están, qué cambios pudieron hacer”, comenta.

SOMOS LO QUE COMEMOS

Todo comienza con saber qué comemos y por qué lo comemos, cuáles son los efectos que producen determinados alimentos en nuestro organismo y en entender que también los malos pensamientos influyen en una mala digestión. “Hay que tener en cuenta en qué situación comí mi alimento bien elegido que hizo que me cayera mal”, afirma la reeducadora y explica que la mirada debe ser holística porque así somos los seres humanos: nos alimentamos, pensamos, meditamos, hacemos actividad física, trabajamos, etc. Entonces, para saber qué aconsejar, tengo que saber cómo es la vida de esa persona, incluso cómo son sus pensamientos. Alguien que come al mediodía y a la noche carne, por ejemplo, al reducir esas cantidades va a tener otro tipo de pensamientos, otra forma de hacer en su vida diaria porque te volvés más sensible”.

La clave está en organizar las compras y las preparaciones de cada comida, planificar la semana, revertir los pensamientos y seguir estas recomendaciones:

Los sí: vegetales crudos y cocidos, legumbres, cereales, semillas y frutas. Solo de vez en cuando, carnes rojas pastoril, pollo de granja, huevos orgánicos y pescados sin colorantes.
Los no: la palabra dieta, los alimentos light, coleccionar cajas de productos en la alacena sin saber qué tienen en su interior.

Además, Vannelli asegura que “cuanto más simple comamos, mejor vamos a estar. Cuanto menos hagamos trabajar nuestro sistema digestivo, mejor. Para ello hay que tener en cuenta las combinaciones de las cargas bioeléctricas que trae el alimento: no voy a elegir comer carne con papas, batatas o arroz porque es mucho el esfuerzo que va a hacer mi sistema digestivo para digerirlo y no me queda energía para otra cosa, ni siquiera para pensar. Por otro lado, envejezco mis enzimas” y concluye que “este cambio de hábito es de rejuvenecimiento y longevidad porque al no hacer trabajar tanto a mis enzimas, están más nuevas”.

 

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