Sabemos que NO es saludable querer conformar a todos dando un ‘SÍ’. Entonces, ¿por qué nos cuesta enormemente dar una respuesta negativa cada tanto?

 

El NO está relacionado con el límite: NO lo puedo hacer, NO lo se hacer, NO quiero hacerlo. NO lo puedo comprar, NO estoy dispuesto a esto, o a aquello.

El decir NO requiere de firmeza, seguridad, sabiduría interna y capacidad para sostenerlo. NO, significa un límite que no puedo cruzar o no dejo cruzar al otro.

El decir claramente NO, deja ver la impecabilidad e integridad frente a los compromisos que no puedo asumir, porque no llego en el tiempo acordado y no cuento con los recursos necesarios para cumplirlo.

No estamos acostumbrados a decir NO, porque detrás de él se necesita seguridad y coherencia para sostener las consecuencias ligadas a los intereses que tenemos en una determinada situación, y que afectan la seguridad personal.

¿Por qué nos cuesta tanto decir NO?

La mayoría de los seres humanos valoramos la opinión de los demás respecto de nosotros mismos, por lo cual decir NO causa “miedo a no agradar al interlocutor y a quedar mal con él”.

El SÍ y el NO son respuestas a pedidos que nos hacen otras personas, un jefe, un amigo, un hijo, la pareja, etc. Por lo tanto, cuando decimos SÍ o NO, nos estamos comprometiendo a algo. No poder decir NO expone a la mentira, porque seguramente no podemos cumplir con todos los compromisos que asumimos.

EL NO ESTÁ RELACIONADO CON LOS LÍMITES

Y REQUIERE FIRMEZA Y SEGURIDAD INTERNA

Cuando no decimos NO, nos estamos manifestando como creemos que somos. Los demás nos considerarán como personas amables, que siempre están bien predispuestas, transformándonos a ojos de los demás en Superman o Superwoman. La consecuencia de esta conducta será que, interiormente, nos sentiremos como los responsable del negocio de copas de cristal que, al encontrar un elefante dentro del local, intentan salvar las copas (por no decir las papas) y con una enorme cantidad de reclamos a nuestro alrededor por estar incumpliendo con aquello a lo que nos comprometimos; sintiéndonos culpables y a la vez víctimas de todos los que creen en nuestra capacidad de cumplir.

En nuestra mente, probablemente, aparecerán pensamientos de este tipo: “¡qué se creen, ya saben que tengo buena voluntad!”, “ya les dije que lo iba a hacer, no pueden verme un rato tranquila”, “no puedo creer lo que está pasando, ellos quieren exprimir mis huesos”. Lo que no nos damos cuenta, es que en este deseo de agradar y de cuidar el interés sobre la valorización de los demás hacia nosotros, nos metemos solitos en un círculo vicioso en el que cada SI valida hundirnos más y más en la propia angustia del incumplimiento. En este círculo vicioso nos sentimos víctimas del deseo de los demás, sin ser conscientes del propio deseo.

El NO muchas veces tiene connotaciones de desacato a la autoridad, sobre todo en la relación jefe-colaborador y tiene al miedo de consejero. La buena noticia es que, desde esta perspectiva, siempre tenemos la posibilidad de abrir una negociación para poder asumir el compromiso conscientemente y, además, tenemos la posibilidad de ofrecer una reparación si hemos causado un daño ante un incumplimiento. Para poder negociar o para poder reparar, necesitamos ser conscientes de lo que estamos asumiendo y esa consciencia no aparecerá si no podemos mirar nuestros propios intereses y conectarnos con lo que nos importa honrar de verdad.

Cuando aprendemos a decir NO estamos respetando la libertad del otro, estamos dejando el camino libre para que la otra persona pueda tomar otras decisiones que honren sus propios intereses y nosotros, los nuestros.

 

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