Lo que lo hace a uno arrollador, único, inmensamente más atractivo, querible, contagioso, es el espíritu. El espíritu borra las etiquetas, las trasciende. Trasciende las formas, los modelos, los estereotipos; pero no los matices. El espíritu puede ser gris o de colores. Cuando tenés el espíritu de colores, pasás a ser atemporal, como los viejos jóvenes.

 

Amo a los viejos jóvenes. La manera en que encaran la vida. No se paralizan por una edad, por un año más, al contrario, festejan siempre (con) el vaso lleno y al bastón lo usan para bailar como Chaplin.

El espíritu gris, en cambio, no festeja porque ve el vaso vacío. Lo mide, especula, se frena y no baila por miedo a quebrarse. El espíritu gris rinde culto al almanaque y se esfuerza en remarcar cada arruga: “A tu edad ese corte de pelo no va, tampoco esas zapatillas. A tu edad ya no se viaja con mochila y se va temprano a descansar para que no duela el ciático”. El espíritu gris sonríe discretamente, sin mostrar jamás la encía ni la campanilla. Le encanta usar reloj y, por medir el tiempo, no se da cuenta de que lo va perdiendo: nunca le alcanza, siempre es tarde, siempre está cansado, no puede disfrutarlo. Cuando el tiempo es amo, se vuelve tirano. Y cuando el espíritu esclavo se ve al espejo, actúa como viejo.

Hay espíritus que inspiran, que ven magia en la rutina. Que se proyectan lejos de todo pronóstico aún librando las peores batallas. Hay espíritus inmensamente ricos y generosos en medio de la pobreza. Estos espíritus saben y enseñan cómo y con qué alimentarse. Estos espíritus van con gafas 3D por la vida para ver las cosas en otra dimensión: las cosas sin importancia pasan al fondo y las pequeñas maravillas pasan al frente como grandes protagonistas.

El espíritu nada tiene que ver con los años, el dinero, ni con cuan difícil se ponga la vida. El espíritu tiene su esencia en el ánimo. No se victimiza, se carga la tabla al hombro para surfear cualquier ola.

*Columna escrita por María Freytes con la colaboración de Julia Rufener.

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