Hace unos días hablando con una amiga escuché una de las mejores frases que hace tiempo no escuchaba: “Mientras sigas al rebaño, seguirás pisando…. Bosta”. Me pareció una frase extraordinaria. Potente. Gráfica. Me reconocí oveja y también me vi mitad blanca y mitad negra. A veces me escapo y a veces me canso y camino detrás del rebaño.

 

Algunos lo llaman zona de confort; otros, pereza o conformismo, otros lo llaman quedar atrapados en el sistema o simplemente en los propios hábitos. Mas allá de cómo lo llamemos, de lo que habla esta frase es de cuán libres somos, cuán auténticos, personales o reales somos en nuestro accionar diario.

 

¿Cuántas veces nos mostramos reacios a probar cosas nuevas, simplemente por eso, por ser nuevas? Desde sabores, rutinas, gestos o acciones. ¿Cuántas veces nos controlamos porque nuestra forma sería diferente al promedio? Ni siquiera hablo de rara, solo diferente. ¿Cuántas veces anulamos nuestro instinto porque quedaría cuestionado frente a la mirada ajena? ¿Cuantas veces callamos frente a comentarios que nos hacen ruido por la pereza de proponer un debate que quedaría demasiado exagerado para una sociedad más dispuesta a aceptar que a reflexionar? Probar mi punto, levantar bandera, resultan actos desmesurados: ¡mejor me callo!

 

A veces es el miedo a dejar de pertenecer a un grupo que tiene códigos y formas preestablecidas y que no tiene ninguna intención de que un miembro empiece con locas inquietudes. Y a veces es el mismo cuerpo que se opone a que cambiemos por dentro lo ya conocido.

 

Si nos preguntaran si somos auténticos, la mayoría nos adelantaríamos a decir que sí. No serlo, nos convertiría en farsantes o en pobres títeres. No siempre es por farsantes que dejamos de ser nosotros mismos, a veces simplemente nos atrapa el sistema y, hasta que la bosta en las patas no nos quede incomoda, no vamos a darnos cuenta.

 

Me acuerdo una frase magistral de Pirandello, autor que leí durante mi adolescencia: “la conciencia no es mas que los otros dentro de mí”. O sea que, incluso cuando decimos que controlamos el instinto por nuestra propia conciencia, no estamos más que juzgando nuestro accionar por esa masa enorme de gente a quien le delegamos el poder de regularnos; creyendo que la conciencia es realmente nuestra. Es un rulo. Pero en criollo sería: mi conciencia se forma con un manual de decisiones correctas dispuesto por gente que yo defino como criteriosa. Alias, me siguen rigiendo los otros.

 

La conciencia está y estará siempre. El tema es hacer cada día más propia la propia conciencia. O ser más conscientes de ella.

 

Cuando la bosta pesa, sacudí las patas y abrite del sendero. ¡Animate a ser oveja negra!

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