¡Navidad es un estrés!, ¡Año Nuevo es una fiaca!, ¡Fin de Año es un colapso!, ¡planear las vacaciones, lejos de ilusionarnos, nos altera! Llegamos tan molidas a diciembre que cualquier plan que, debería darnos alegría, ilusión, encender nuestra creatividad o incluso darnos descanso, nos resulta un penal (¡y no a favor!).

* Por María Freytes

 

Las fiestas y las vacaciones hace tiempo se transformaron en eventos para tachar cuanto antes de un check list endemoniado. Pasaron a tener la misma entidad que comprar un borratintas. O sea, tienen la misión de ser tachadas y resueltas cuanto antes. Sea como sea.

Es raro porque nos pelamos el lomo todo el año para tomarnos esos 15 o 20 días de vacaciones y ni tiempo de soñarlas, planearlas o imaginarlas tenemos. Solo una vez al año, de acuerdo a nuestro credo, festejamos Navidad y/o Año Nuevo y sin embargo queremos que pasen rápido para seguir en el mismo ritmo, que nos queda incómodo, pero que nos es conocido, es el que avanza, el que resuelve, el que tacha. Los Reyes no tienen agua ni pasto, Jesús ya no tiene pesebre, misa es un deber culposo y armar el árbol nos resulta una obra arquitectónica (desarmarlo ni te cuento: puede ser 10 de febrero y ¡seguimos con las bolas y luces colgando!).

Es difícil poner el freno de mano y hacer tiempo para planificar el placer. O sea, es difícil decir “me voy a tomar ahora en noviembre/diciembre x horas para planificar mis vacaciones, imaginar una Navidad más profunda o brindar un Año Nuevo diferente”. Mirar casas rodantes para las vacaciones, googlear la historia de la ciudad que vamos a conocer o hacer bien la lista para corregir eso que dijimos íbamos a corregir si volvíamos al mismo lugar que el año pasado; se vuelven odiseas. Simplemente no pasa.

Nos encargamos todo el año de hacer de eventos simples, eventos complejos, dilapidando tiempo y esfuerzo que pagamos los diciembres. Terceros tiempos de fútbol sofisticados. Madres y padres yendo al súper para comprar sándwiches, papas fritas y merengues para disponer sobre manteles y fuentes a tono, con motivo de celebrar el final de un partido de niños de 9 a 12 años. ¿No bastaban unas simples mandarinas para aprender a compartir un momento entre dos equipos? Los actos escolares nos tienen locas comprando goma eva, friselina, paspartú y luces de colores para hacerles un Broadway a niños que todavía sufren pánico escénico.

No soy de la teoría de que todo tiempo pasado fue mejor, ¡lejos estoy! Solo que cuando llega fin de año y sumo todos aquellos pequeños esfuerzos y exigencias; me pregunto: ¿a qué costo? Porque así como se sofistican eventos simples, se simplifican (por falta de tiempo) los eventos importantes. Pero se simplifican no en el mejor sentido de la palabra. Se simplifican de forma tal que lo pierden casi todo, desde su simbolismo hasta su sentido profundo.

Hicimos de cada domingo una Navidad y llegamos a Navidad como a cualquier domingo. Hay algo bueno y algo malo en esta frase. Repaso los mandamientos cristianos (pero me animo a asegurar que excede al cristianismo) y “Santificar las fiestas” es igual de importante que “Amarás a Dios sobre todas las cosas” o “No matarás”. Sin embargo, me da la sensación que nos lo pasamos cual borratintas en el check list.

Quiero fiestas extraordinarias. Y cuando digo extraordinarias no quiero subir la vara de la exigencia y remitir a luces de colores ni a platos dorados y plateados. Digo que este año quiero algo fuera de lo ordinario. Lo ordinario sería comprar un regalo. Lo extraordinario sería volver a tener tiempo de escribirte una carta.

Este año logré alquilar la casa rodante. No sé qué tal nos irá, pero es el primer ladrillo que saco en ese camino.

¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!

COMENTARIOS