Con el 7 hay un tema. Son 7 los pecados capitales, 7 los días de la semana, 7 los enanitos, 7 los colores del arcoíris. Más de una vez hemos escuchado hablar de la comezón del séptimo año en el matrimonio y más de una vez hemos escuchado a astrólogos hablar acerca de los ciclos de 7 años (a propósito del movimiento de los planetas). Según dicen, cada siete años se cumplen ciclos: a los 7 años se nos caen los dientes, a los 14 nos desarrollamos, a los 21 nos emancipamos (o deberíamos hacerlo)… Lo claro es que, cada siete años, algo explota, cambia, se desarrolla, evoluciona.

 

Y si estás como yo cerca del 7 x 6 = 42, estás parada en lo que podríamos llamar la mitad de la vida: la edad bisagra.

Yo estoy en ese lugar. Estoy justo en el punto medio de una línea de tiempo que me muestra 42 años para atrás y esperemos que otros 42 por delante. Soy consciente de que empiezo a vivir el primer paso de la segunda recta de mi vida, y estoy feliz.

Miro para atrás sin reproches, sin nostalgia; al contrario, me doy una palmada amiga y me digo: esto es lo que supiste hacer hasta acá, ¡está perfecto así tal como lo hiciste! En la mitad de la vida ya no miramos para atrás para enjuiciarnos, miramos para atrás para aceptar y asegurarnos cómo queremos vivir la segunda etapa.

Tengo algo claro: quiero ser menos perfeccionista, menos acertada, menos racional, menos prudente, menos pensada, más errática.

Cuántas veces exclamamos al aire sueños, deseos que ni nosotras mismas terminamos de creernos o sabemos que no vamos a concretar. “Si tuviese más agallas, si fuera un poco más lanzada, si hiciese menos números, si fuese menos culposa o tuviera más espíritu…”. Siempre había una excusa por la cual todo podía esperar. Y en realidad todo puede esperar, siempre. Nada es tan necesario ni tan importante o vital. De todo se puede prescindir. Pero la bisagra habla: “Sí, todo puede esperar, pero también puede hacerse”.

De a poco vamos soltando las cadenas (o las caderas) y empezamos a movernos; dejamos de estar en la mente para pasar al cuerpo: “lo hago”. En este segundo ciclo está bueno patear cierto tipo de lógica, lo que no implica tirar por la borda valores. Pero sí quizás demasiada prudencia, demasiado análisis, demasiada concepción del riesgo. Está bueno pararse en los sueños, en la confianza, en la juventud que te devuelve la improvisación, en el vuelo y la adrenalina.

No quiero cosas en el tintero. Quiero meter la pluma y empezar a escribir viviendo.

En la cabeza las cosas tienen una forma, pero cuando pasan al cuerpo se sienten fantásticas. Dejo el retrovisor y miro para adelante. Este es el espíritu. El espíritu es “me voy a Ibiza”.

*Columna escrita por María Freytes con la colaboración de Julia Rufener.

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