En algún momento de nuestras vidas, las mujeres fundimos biela. Hacemos crash emocional, colapsamos. Como se funde el motor de un auto por falta de aceite, a nosotras, también se nos funden el cuerpo, el alma y la mente.

*Por María Freytes

Las minas nos hemos convertido en malabaristas. Nuestro rol es alternar entre múltiples naranjas: estudiar para el trimestral con el crío del medio; que no se me queme la tarta; ir al súper hoy, que es día de promos; “peluquearme” estilo verano; atender a mamá por teléfono (y contar hasta cien); tomar un café con Sofía, que está deprimida; llegar puntual a la reunión de las cuatro; devolverle el llamado a mi suegra; cuidarle los chicos a mi cuñada; pagar bienes personales y ganancias; esperarlo a la noche con ganas… La lista sigue, pero de solo escribirla me canso. El desafío de la malabarista consiste en atajar una tras otra las naranjas, cada vez mas rápido y sin respiro entre medio, cualquier movimiento en falso hará que se empiecen a estrolar contra el suelo y, en ese momento, fundimos biela.

Venimos comprando estándares, modelos e imágenes soñadas de cómo debe ser la gran pirueta y volvemos tan pretenciosa cada destreza que la vara se nos va demasiado alta; tan arriba que perdemos de vista las naranjas. Y cuando son demasiadas, aunque pongamos toda nuestra voluntad, usemos nuestros dos pies y apuntalemos con hombros y cabeza, la lógica y la física nos pegarán un sopapo, demostrándonos que es imposible atajarlas todas con solo dos manos.

Este mundo occidental va a mil; nos reclama, nos exige y nos genera necesidades que ni nosotras conocíamos. Con el dedo inquisidor disfrazado de aliado, nos asegura que si mantenemos sus estándares, nos estamos superando. Y, sin darnos cuenta, entramos en el juego, en la carrera del éxito. Nos exigimos al máximo y entramos en la velocidad del malabar. Las naranjas van a mil, y sabemos que con solo un traspié todo se desplomará. Estamos agotadas, pero sacamos energía vaya una a saber de dónde y nos mantenemos en pista. Y cuando volvemos a estar cómodas, forzamos una voltereta quinientos metros por el aire, pero ya no hay contorsión que aguante y caemos rendidas en el asfalto.

“Fundir biela” es una señal que hay que escuchar. Fundir biela significa que lo que hacés excede lo que podés (o querés) tolerar.

Cuesta animarse a frenar, a sacar esas naranjas que mantenemos para impresionar, pero en realidad nos pesan, y priorizar las que sentimos nuestras; pero andar a ocho manos puede costar más caro y, cuando nos demos cuenta, tal vez hayamos perdido años viviendo como pulpos y no, como seres humanos.

No se trata de tirarse en una cama y morir de inacción, no se trata de convertirse en abanderada del movimiento slow, ni se trata de deshacer todo lo que venimos construyendo. Se trata de enfrentarnos con nuestro grado de insatisfacción, de tener la valentía de transitarnos y de hurgar por dentro, de buscar nuestro propio ritmo, preguntándonos sobre todo el para qué de cada cosa que hacemos, porque quizás la colisión se produce cuando somos malabaristas en un circo ajeno.

O reducimos la cantidad de naranjas, eligiéndolas para desplegarlas con gracia, o bajamos la pretensión de las piruetas para mantener en armonía el malabar. Todo está en el equilibrio. Cuando arrojemos cada naranja con entusiasmo y algo se encienda por dentro al verlas volar, el espectáculo se va a poner bueno; y no nos quitará energía, nos la va a multiplicar.

* Esta columna fue producida con la colaboración especial de la talentosa Julia Rufener, escritora y amiga.

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