Durante la primera infancia, los padres solemos poner mayor atención sobre los alimentos que consumen, pero enseguida la calidad nutricional va disminuyendo. Si se tiene en cuenta que los hábitos se aprenden e incorporan desde los primeros días, ¿te preguntaste por qué se van perdiendo con los años?

 

Cuando somos chicos nos dicen que las golosinas son para los fines de semana y las gaseosas para los cumpleaños. Las comidas tienen muchas verduras, aunque no sean lo que más nos gustan, y nunca falta la fruta como postre obligado. Pero, a medida que vamos creciendo estos hábitos, que parecían haberse arraigado en lo más profundo de nosotros, van desapareciendo y todos esos alimentos que antes estaban en la lista de “ocasiones especiales” pasan a formar parte de nuestro menú diario, mientras que los más saludables quedan algo olvidados. Pero lo más preocupante es que esto está sucediendo cada vez desde más pequeños. Así lo confirma el estudio de Alimentación en la Infancia Temprana publicado por el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil, CESNI que detectó que entre los 6 meses y el año de vida el 24 % de los niños presenta un patrón alimentario en el que regularmente incorporan opciones poco sanas, y este porcentaje aumenta a medida que crecen y acceden a los alimentos menos saludables disponibles en el hogar.

La exposición a los alimentos en la primera infancia (0 a 3 años) cumple un rol trascendente en la conformación de hábitos para toda la vida, ya que en esa etapa se forman circuitos cerebrales de gratificación y/o recompensa que consolidan conductas alimenticias a futuro. En este sentido, el Dr. Esteban Carmuega, Director de CESNI, es claro: “Si un niño de 2 años quiere cruzar la calle solo, los padres identifican ese peligro, no lo permiten y le sostienen la mano con firmeza. Sin embargo, ante elecciones alimentarias poco saludables, los padres no se alertan por las consecuencias que puede representar a largo plazo. Desde CESNI, sugerimos una alimentación saludable, posible y sostenible a largo plazo. Y para ello sabemos que es necesario el compromiso de toda la familia”.

Es muy frecuente que, entre los 6 y los 12 meses, los padres elaboren una comida especial para el niño, que tiende a ser más saludable que lo que recibe el resto de la familia. Sin embargo, “su rápida inclusión en los hábitos del entorno familiar lo ponen en riesgo de un consumo excesivo de azúcares, sodio y grasas, que además de disminuir la calidad de la dieta pueden afectar la conformación de los circuitos de saciedad, recompensa y señales fisiológicas complejas que se instalan en los primeros 1000 días críticos (desde la gestación hasta los dos años)”, especifica Carmuega.

Entre los 6 meses y los 3 años, los chicos ya comienzan a consumir panificados y galletitas ricos en azúcares y grasas, jugos y gaseosas, pizzas, empanadas y sándwiches. El estudio también muestra que casi la mitad de los niños de entre 6 y 11 meses consume leche de vaca, un alimento que por su composición de proteínas y minerales no es recomendable para ese período de la vida. “Durante los primeros seis meses de vida se recomienda que los niños solo reciban la leche materna, sin embargo en nuestro país existe una tendencia a la incorporación precoz de alimentos y bebidas” sostuvo María Elisa Zapata, licenciada en Nutrición del CESNI y una de los investigadores que llevó adelante este estudio.

Socializar sin perder los buenos hábitosSocializar sin perder los buenos hábitosCuando los chicos empiezan a alimentarse con y como el resto de su familia y a tener una vida en sociedad, se observa que la calidad nutricional de su dieta va disminuyendo progresivamente. Para que esto no ocurra, los especialistas recomiendan:

  • A partir de los 6 meses, continuando con la lactancia, los niños deben incorporar alimentos que complementan el aporte nutricional de la leche materna, por eso se denomina a este período de ‘alimentación complementaria’.
  • Entre los seis meses y el año, los niños aprenden a reconocer aromas, texturas y sabores, en una etapa que llamamos de transición. En este momento, probar nuevos sabores y texturas se convierte en una experiencia sensorial única y una etapa valiosa y significativa de aprendizaje para el bebé, por eso es tan importante la actitud receptiva de la madre durante los aprendizajes tempranos de la alimentación. El niño va logrando estar sentado y controlar sus manos y dedos, por lo que puede tener una participación activa durante su alimentación, promovida por una apropiada presentación de los alimentos, que estimulará su vista, tacto, olfato y gusto.
  • A partir del año, los niños deben incorporarse a la mesa familiar adquiriendo los hábitos y la cultura de su entorno, pero sin por ello perder el rol tutor que deben tener los adultos en estos aprendizajes tempranos, que son tan importantes.

Sin dudas, los primeros años de vida son fundamentales y representan una verdadera oportunidad para ofrecer las mejores opciones nutricionales, porque los niños están muy receptivos: “Los niños no tienen asociaciones estructuradas, como que el café se bebe con leche o que el mate se acompaña con bizcochitos. Entonces, uno puede explorar asociaciones que mejoren su calidad de alimentación, incluyendo alimentos adecuados para niños y así ir moldeando esa plasticidad y sembrando hábitos para forjar en el tiempo, asociaciones que perpetúen estilos de alimentación que promuevan un crecimiento más saludable”, concluye el Dr. Esteban Carmuega.

 

*  El estudio se realizó con 498 niños menores de 3 años pertenecientes a familias de  CABA, Gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza.

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