La publicidad, los comentarios, las exigencias sociales nos muestran estereotipos estéticos de belleza que, supuestamente, nos conducen al éxito, pero nada dicen de que también nos pueden llevar a sufrir graves trastornos de salud.

 

Se acerca el verano, época de playa, bikini y musculosas. Dejamos de andar tapadas hasta la nariz y empezamos a alivianar nuestro cuerpo, pero también empezamos a preocuparnos por esos kilitos de más que quedarán al descubierto. Dietas, caminatas intensas, doble turno en el gimnasio: todo sirve a la hora de buscar una solución mágica que en pocos meses (y por qué no en semanas) nos haga ver como a esas chicas de las revistas a las que “todo les queda bien”. Nada de esto pasaría si no viviéramos en una sociedad obsesionada más por el “parecer” que por el “ser”. Pero sucede y, lamentablemente, son muchas las personas que a esta altura del año están pensando en cómo deshacerse de ese exceso de peso que arrastran desde el verano pasado sin pensar en las consecuencias de hacerlo en forma obsesiva. Se acerca el verano, época de playa, bikini y musculosas. Dejamos de andar tapadas hasta la nariz y empezamos a alivianar nuestro cuerpo, pero también empezamos a preocuparnos por esos kilitos de más que quedarán al descubierto. Dietas, caminatas intensas, doble turno en el gimnasio: todo sirve a la hora de buscar una solución mágica que en pocos meses (y por qué no en semanas) nos haga ver como a esas chicas de las revistas a las que “todo les queda bien”. Nada de esto pasaría si no viviéramos en una sociedad obsesionada más por el “parecer” que por el “ser”. Pero sucede y, lamentablemente, son muchas las personas que a esta altura del año están pensando en cómo deshacerse de ese exceso de peso que arrastran desde el verano pasado sin pensar en las consecuencias de hacerlo en forma obsesiva.

Los estereotipos estéticos nunca son buenos. Se tratan de prejuicios, ideas estructuradas que se imponen y que, cuando se internalizan, pueden hacer mucho daño. “Hace décadas en Occidente las mujeres (y cada vez más hombres) estamos sometidas a una autotortura constante: la obsesión por la dieta extrema, la dieta de hambre y patrones tiranos de belleza. Las pautas culturales de este tiempo han instaurado la idea de que la delgadez es sinónimo de éxito. Los parámetros de belleza se ciñeron a esa idea y el talento ha pasado a planos secundarios en pos de la revalorización del exterior”, explica la licenciada Gabriela Dolce, Terapeuta gestáltica (MP 6761).

El problema no es pretender bajar esos “kilitos de más”, algo totalmente válido, sino la obstinación que nos provoca querer librarnos, sea como sea, de ellos ante la inminente llegada del verano aun cuando sabemos que el resultado no cambiará el malestar que pudiéramos tener con nuestra propia imagen. Cuando esto ocurre, lo que comemos o dejamos de comer es solo la consecuencia de algo más profundo que nos sucede a nivel emocional. Así, la licenciada Dolce explica que “cuando los alimentos o la imagen del cuerpo comienzan a ser un tema recurrente, al que se le dedica mayor energía que lo habitual, se deposita en él la ilusión de controlar aquello que no es posible manejar de otro modo. Se pretende obtener seguridad ganando una batalla con la comida, cuando no es posible tenerla en otras área: por frustraciones emocionales, en el trabajo, en sus vínculos personales, etc.”. De esta forma aparecen los trastornos alimentarios que “se refieren no sólo a los hábitos alimentarios de la persona, sino también a sus prácticas para perder peso y sus actitudes hacia la silueta corporal que cuando son de naturaleza tan extrema, provocan:

  • Una percepción irreal del cuerpo y la silueta corporal.
  • Ansiedad, obsesión y culpa relacionadas con el peso y/o el comer.
  • Desequilibrios orgánicos que son amenazantes para la vida.
  • Pérdida del propio control en relación a la ingestión de alimentos y mantención del peso corporal.
  • Aislamiento social.”.

Modelos que enferman

La anorexia y bulimia nerviosa, junto con trastornos de la conducta alimentaria parciales (que no alcanzan a presentar los síntomas de un trastorno completo), son las enfermedades más comunes relacionadas al comer. Sus causas se deben a varios factores que pueden ser biológicos, genéticos, emocionales, problemas de personalidad y presiones socioculturales para adelgazar. Si bien son más frecuentes en mujeres, cada vez se manifiestan más entre los hombres. Pero, además, la especialista menciona que están apareciendo otras patologías vinculadas a trastornos alimentarios por querer cumplir con los patrones de belleza establecidos:

  • Fatorexia: es una distorsión de la imagen corporal que se distingue por ver al cuerpo más magro de lo que está. Esta dolencia brinda una especie de permiso para seguir comiendo, sin percibir el efecto que se produce en el peso.
  • La vigorexia o dismorfia muscular: padecida en su mayoría por hombres, se caracteriza por la necesidad de hacer ejercicios físicos en forma extralimitada y, a pesar de que la masa muscular crece, la persona siempre se ve delgada.
  • La ortorexia: cuando comer sano se convierte en una obsesión, estas personas prefieren pasar hambre a comer alimentos que a su parecer son impuros, por ejemplo alimentos con aditivos, grasas, etc.
  • Potomanía o polidipsia: Es el deseo compulsivo de beber grandes cantidades de líquidos, generalmente agua, sin que exista una sensación previa de sed.
  • La drunkorexia o ebriorexia: se centra en evitar la ingesta de alimentos para poder beber alcohol, y así compensar las calorías que aporta la bebida.
  • Permarexia: el sujeto teme por cuánto engorda cada trozo que ingiere y lleve el conteo de lo que come.
  • Pregorexia o mamirexia: embarazadas que sufren un desorden alimentario por restricción de la ingesta, ejercicio excesivo, atracones o purgas, tanto durante el embarazo como después del parto.

Comer para vivir y no al revés

Los problemas de alimentación son solo un síntoma que manifiesta cómo la persona se valora y percibe a sí misma. En general, quienes los sufren son personas “con baja autoestima, combinada con fuerte autoexigencia, en materia de identidad personal, belleza, posibilidades de independencia, éxito escolar/universitario o laboral. También suelen mostrar alteración en sus formas de relacionamiento. Los comportamientos fóbicos sociales pueden aparecer con las patologías ya instaladas, cuando los hábitos se convierten en demasiado llamativos para el entorno y los sujetos pasan de intentar evadir los comentarios, hasta sentirse humillados por sus conductas alimentarias”, dice la terapeuta. Es por ello que desde el entorno más cercano lo aconsejable es evitar conductas “ayudadoras” como incitar a forzar la ingesta o poner candado a la heladera, ya que son situaciones que fortalecen la enfermedad y favorecen el rechazo al tratamiento y, en cambio, se debe buscar el apoyo de distintos profesionales de la salud.

Asimismo, como sociedad tenemos mucho por hacer porque, como indica la licenciada Gabriela Dolce, “desde edades cada vez más tempranas, nuestros niños están expuestos a información que moldea e influye en el modo en que arman concepto. Todos somos responsables de las construcciones de belleza que creamos. El ambiente en el que crecen aporta hábitos, esquemas considerados “normales” para la mayoría, mirada de terceros, condiciones de éxito, etc. La familia, la escuela, los medios de comunicación y las comunidades virtuales son los principales influyentes”.

Para que cuidarnos no sea solo una moda de verano o la carrera hacia un estereotipo social, Dolce aconseja que “en el camino hacia el descenso de peso, si es lo que la persona desea, es sumamente importante reencontrarse con el gozo de comer y con los alimentos, conociendo sus propiedades, los modos de cocción posibles, nuevas recetas. Y tener en claro que la comida soluciona solamente el hambre de alimento, para todo lo demás deberemos realizar una búsqueda más compleja”.

 

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